SOMOS UNO CON EL UNIVERSO (Primera experiencia con ayahuasca)

Somos uno con el universo: el orgasmo de la conciencia (experiencia 1)

…Llegué a eso de las 20:30 hrs a la Maloca después de una dura decisión de caminar sólo con una linterna en la cálida noche en la selva del centro Ani nii shobo, ubicado en San Francisco yarina-cocha. Al entrar me percaté que había más gente que los pasajeros que había conocido en la estadía del centro. Los chamanes estaban sentados a un costado de la enorme habitación (maloca). El dueño del centro veía y asignaba los puestos de los participantes que se repartían bordeando el círculo del lugar. Habían tres o cuatro japoneses, los cuales hacían yoga, oraban y elongaban su cuerpo previo a la ceremonia. El ambiente se hacía hipnótico y mi corazón latía cada vez más rápido y fuerte.  Después de unos 15 minutos, llegó toda la gente y comenzó la ceremonia. El chamán Roger López, con un aspecto humilde y bondadoso, comenzó ofreciendo la ayahuasca en un pequeño vaso, parecido al de tequila. Al llegar a mi puesto me saludó con una simpática voz dándome la bienvenida. Fue así como me designó un poco más de la mitad del vaso. Lo tomé con mis sudorosas manos  y de un buen brinco lo acerqué hacia mi boca. La sensación de amargura recorrió mi garganta hasta llegar a mis entrañas, como si fueran raíces en mis intestinos. Me enjuagué la boca con agua, que había llevado, y me senté con la espalda bien recta tratando de relajar mi mente y fluir mi energía lo mejor posible. Comencé a orar, recordando mis peticiones y propósitos de viaje… cerré mis ojos permitiendo lo que fuera en mi ser… Mis primeras sensaciones fueron de malestar general, sentí las ganas de salir corriendo por mi distención abdominal. Poco a poco comenzó a “entrar” la medicina. Mis primeras visiones fueron de naturaleza viva, como si un cuadro de pintura cobrara vida: árboles, colores destellantes y mucha energía comenzaban a recorrer mi ser. Así comenzó el mareo y el vértigo, los cuales se hicieron presentes después de unos 30 minutos de haber bebido el brebaje mágico. Veía y sentía a la madre naturaleza entrar en mi cuerpo. Toda la maloca estaba en silencio y el ambiente comenzaba a bañarse de una sensación misteriosa y excitante. Los sonidos de la selva ayudaban al trance hipnótico en el que estaba sumergido.  Fue después de 40 minutos aproximadamente que me di cuenta que estaba “dentro” de la medicina ayahuasca, todo era selva, colores fosforescentes y energía profunda que recorría mi sangre. Sin darme cuenta comencé a sentir mucho asco hasta que llegué al vómito. Un líquido turbio y con ramas de árboles viejos (o eso parecía) comenzaba a salir de mi boca. Decidí abrir los ojos, pero el mareo no cesaba, así que los cerré nuevamente y pedí porque fuera un viaje lleno de amor y enseñanzas. Comencé a ver cucarachas e insectos en mis piernas y a mi alrededor. Sentí que todos esos bichos reflejaban mis miedos, los cuales me atacaban tratando de entrar en mi cuerpo. Mi ego comenzaba a cuestionarse si podría durar los cuatro meses en la selva peruana, disputándose mi ser como si existiera una dualidad entre la mente y el alma. Sentí y experimenté mis preocupaciones, mis ansiedades, las relaciones disfuncionales que tenía en mi vida y comenzaba a botar toda esa energía por la boca en forma de vómito, limpiando todas esas raíces que estaban en mí. Poco a poco comencé a escuchar los hermosos ícaros de los maestros curanderos, los cuales potenciaban el efecto de la planta. La medicina me enseñaba como tratar a la naturaleza, como hablarle, como palparla y como escuchar sus intenciones. Todo lo que no entendía en un minuto empezaba a dar frutos en mis neuronas. Mi cuerpo se movía de un lado a otro, mi respiración tenía distintos ritmos y botaba las “malas energías” que estaban en mi interior. Me ayudaba con movimientos de manos a sacar mi energía densa y purificaba cada vez más mi alma. La planta me enseñaba sobre mi interior, me hacía sentir como respiraba el espíritu… Mi cuerpo cada vez se movía más, como si estuviera en una fiesta, mi mente estaba en blanco y sólo nacía energía desde lo más bajo de mi columna. Comencé a agradecer todo lo que veía y sentía. El alma se movía al ritmo de cada palabra del ícaro que cantaban los maestros. Comencé a sentir ganas de ayudar a las personas que estaban a mi lado, conectándome con ellos y sentir todo lo que les pasaba, sentía que estábamos conectados… Creía poder ver lo que estaban viviendo, contemplaba sus sombras oscuras y densas, las cuales también eran mías, todos éramos lo mismo. Visualicé a mi familia, amigos, conocidos y a todas las personas que habían pasado por mi vida, dándoles un abrazo y bendiciéndolas. Mi boca comenzó a hacer ruidos extraños, palabras en otros idiomas, ayudaba con las palmas y los dedos, hacía los cantos maestros, como si fuera un ritmo que fluía desde mis extremidades. Abrí los ojos y los animales danzaban zapateando el piso, los miraba y veía a un halcón gigante y blanco volando sobre las montañas de la maloca. En un minuto el animal entró en mí, sintiendo sus plumas, su pico y su vuelo por las nubes… En ese minuto todos estábamos aprendiendo a ser nuestros propios curanderos, éramos todos uno, uno con los multiversos de la existencia. De un minuto a otro vi al maestro Roger frente mío, cantando y sanándome. Mi reacción fue de flexionar mi cabeza y recibir toda su medicina, agradeciendo todo su poder. Soplaba humo de mapacho sobre mi cabeza, sentía los perfumes de las plantas, los cuales traspasaban mis huesos. Comenzaba el éxtasis chamanico, sentía más fuerza es mis músculos, más energía interna, más confianza y amaba cada célula de mi cuerpo. Los insectos y bichos llegaban nuevamente, como si quisieran entrar en mí, no obstante no entraban, ya que había aprendido de ellos.  Alababa a las serpientes y boas que veía a mí alrededor. De un minuto a otro, visualicé un puma hermoso atrás de mí, dándome enseñanzas y cuidándome en mi viaje interior. Poco a poco, comencé a sentirme como él, sentía su pelaje, mi nariz era distinta, mi respiración era rápida sintiendo el perfume de la tierra. Cambiaba mi postura corporal, siendo un espectador de todo en la selva… En ese momento un pasajero del lodge me habló… él me agradecía por haber llegado, me decía que las plantas me estaban esperando y me preguntaba por qué me había demorado tanto. Mi consciente se preguntaba, en ese minuto, si era realmente él el que me hablaba o era la energía de las plantas maestras que hablaban por él. La mareación era tal, que no podía discernir lo “real” de lo “irreal”, me cuestionaba como se formaba la realidad y la ilusión, todo el potencial de nuestro cerebro creativo, enfermizo y sanador a la vez.

Nuevamente volvía a mi postura de puma y rugía mirando como estábamos todos. Sentía que mi mirada trascendía la oscuridad y podía sentir y ver todo, una larga vista hacia el infinito. Mi cuerpo se movía sin algún propósito en particular, me di cuenta que tenía mucho polvo en mi cuerpo físico. Mi boca decía palabras que no entendía, era otro idioma, sentía la ancestralidad de las palabras, como balbuceos antiguos, una jerga telepática y metafórica. Al sentir los mágicos perfumes que los maestros exponían en el ambiente, me recosté a dormir… Así los ícaros comenzaron a sonar mucho más suaves, disminuyendo su intensidad, haciéndose como una canción de cuna, hasta que cerré los ojos y dormí con una felicidad plena…

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